Tu regreso a casa

A medida que avanzas en tu comprensión de Quién en verdad Eres, tu vida parece oscilar entre la alegría y el dolor, entre la paz y el conflicto hasta que un día te das cuenta de que ya no te apetece pensar en lo que hiciste ayer, o hace un momento, o hace mucho tiempo, ni tampoco te apetece pensar en el mañana. Estás a gusto disfrutando de este momento. 

Y descubres que has empezado a negar, sistemáticamente, la separación, al reconocer que todo es tu Ser; que no estás contenido en el cuerpo (ni en el que consideras tuyo ni en el de los otros seres y cosas de tu mundo) sino que eres la mente que aparenta estar en ellos, la mente que se engaña a sí misma creyendo ser lo que no es.

Y decides perdonarte, perdonando a todo aquel que antes señalabas como culpable, porque has comprendido que nadie te hace nada sino que todo te lo haces a ti mismo.  Creías que tu cuerpo o cualquier otro cuerpo podía atacarte, o podía atacar a otros cuerpos, ahora comprendes que todo es fruto de tu mente, que nada sucede sin que tú lo hayas decidido antes, y que si algo perturba tu paz ya no deseas responder atacando, reaccionando como si te dirigieras a alguien más, porque no hay nadie más. 

Ahora deseas responder no dando valor al cuerpo sino al Espíritu que se dirige a ti, tu Espíritu. Estás atento a lo que te pide, si lo que ves no es amor, entonces, te está pidiendo amor, y eso es lo que le das. Al reconocer tu Presencia, sin dar valor al cuerpo, estás perdonando lo que aparenta hacer o haber hecho, estás diciéndole en silencio que sabes que es parte de ti. Te enseñas lo que en verdad Eres. Aprendes a perdonar verdaderamente porque, finalmente, ACEPTAS que nada ni nadie te puede hacer o haber hecho algo, pues la separación es una ilusión. Siempre te relacionas contigo mismo, siempre te relacionas con el Espíritu Santo, y entonces, comienza tu verdadero camino de regreso a casa, esta vez, en la certeza de que no estás solo y de que nunca lo has estado.

Con Amor, K.